El encuentro entre la docencia y la discapacidad. Área de conflictos.

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El positivo avance, aunque lento en varios países, para la inclusión del alumnado con capacidades diferentes, va incrementándose tanto en la jurisprudencia al respecto, como en hechos reales, al pasar el tiempo todos los niveles educativos van favoreciendo la inclusión, aunque mucho queda por hacer para vencer desde miedos hasta reticencias sociales.

Sin embargo, la docencia en general, salvo que pertenezcas a las escuelas denominadas “Especiales”, no es debidamente formada, siguiendo viejas temáticas en las que se prefigura que los docentes no especializados, se encontrarán con aulas repletas de alumnos “cuasi perfectos”. Olvidando que inclusión, significa justamente la socialización, la participación y la concurrencia plena de un alumno con capacidad diferente, al ámbito común a todo otro alumno.

Esto termina provocando no pocos problemas, y sobre todo, en muchos docentes es símbolo de un conflicto que lo llega a incapacitar, en su labor. Hay desconocimientos, hay también ciertas formaciones que lo han estancado, pero también hay una labor mayor, para la que no se puede muchas veces, auto prepararse, sino que sería necesario un acompañamiento mayor y varios niveles de información adecuada a los casos que se le puedan presentar.

El programa que dirijo busca dar esa información y ayudar a los docentes a adecuarse, pero en realidad tendríamos que ser un apoyo extra, y no como suele suceder el único apoyo.

¿Cuáles son las problemáticas que generan en ciertos docentes este encuentro con la capacidad diferente que debe atender, sin preparación? A saber:

  1. Desde ya lo primero que necesita el docente es una unión entre la organización escolar de su establecimiento, los equipos de apoyo, y la familia de los educandos con cualquier tipo de capacidad diferente, esto que pareciera algo simple, lógico y como algo hecho, suele ser uno de los grandes problemas, en más de una ocasión el docente queda sin apoyo alguno, sin instrucciones precisas, sin mayores guías para una labor que se le vuelve nueva, urgente, y sin espacios de reflexión.
  2. El punto anterior ya prefigura en muchos casos motivo suficiente para caer en estrés, en el conocido síndrome de Burnout, o del cerebro “quemado”. La profesión docente que no suele ser desgraciadamente valorada como se corresponde demanda mucho esfuerzo mental, físico, tiempo, y dedicación, y si de por sí esto es así, sumas de tareas exigentes sin la debida información y acompañamiento producen el detonante.
  3. Entonces por un lado se conforma un cuadro de falta de recursos, de falta de una gestión eficiente que lo ayude a reformar, y a la vez una gestión del sistema político educativo que exige pero no da ni medios ni formación adecuada, siendo muchas veces solo un cúmulo de expresiones de buenos deseos dejando al docente a la buena de Dios. Tampoco hay que olvidar en este cuadro que las funciones del docente muchas veces ya están ingresando en problemáticas sociales, económicas que hacen a la comunidad donde labora, y sufre también una lucha muchas veces despareja contra la violencia en los ámbitos escolares. No sin tener que nombrar por una cuestión lógica, la vida personal del docente afectada por problemáticas familiares, hasta una cuestión salarial, muchas veces más que deficiente. Por otro lado, continuamente el docente ya recibe reclamos de no tener actitudes innovadoras, de no acceder a las nuevas corrientes educativas, de no perfeccionarse, y de no estar al nivel pedagógico, tecnológico, y profesional que se necesita en la sociedad de hoy. Todo esto claro, logrado por sí mismo o con intervenciones estatales, muchas veces abarrotados de gurús, pero carente de realidades. No hace mucho tuve una conversación con un colega docente que me contaba que había realizado varios cursos sobre tecnología, había ahorrado y se había endeudado para obtener esa tecnología, y cuando le tocó concurrir a su nuevo establecimiento, no había ni siquiera energía eléctrica.
  4. Es entonces comprensible que muchos docentes sientan que cada vez a la escuela se le pide más, por no decir que muchas veces hay que aclarar que la escuela no lo puede todo. Una institución educativa en muchos países debe cubrir las funciones de otras instituciones, incluso de la fundamental: la familia. Esto exige, sin lugar a dudas un perfil docente con una cantidad de variables cada vez en mayor aumento.

Cuando a las aulas se suma alumnado con capacidades diferentes, se produce un reto en muchos sentidos para los docentes no especializados, por carecer de formación adecuada, por temores a cometer fallas importantes, por no tener medios o creer no tenerlos para atender a estos alumnos como deben serlo, por no querer caer en conflictos con colegas, autoridades, familias y hasta el sistema mismo.

Nace así primero un rechazo a la situación, luego si quedan a la deriva, la cuestión se puede agravar, dado que no cuentan con apoyo en técnicas adecuadas a cada caso que se les presente, y si la soledad del docente es cada vez más evidente ante la nueva situación, no solo no se produce la inclusión debida, no se cumplen ningunos de los objetivos deseados, sino que el mismo docente comienza a sufrir ansiedades, frustraciones, comienza a decaer su rendimiento y puede terminar en una situación de incapacidad propia.

Mi experiencia, me muestra que la legislación positiva, es abundante y bastante acorde según los países, pero las administraciones solo envían copias de leyes, circulares, recomendaciones en general, se sustentan en derechos humanos y en la inclusión, en la educación de todos y todas, pero no facilitan formaciones, ni dan apoyo adecuado ni siquiera con bibliografía específica en muchos países.

Este programa nació por esta situación, por la falta de material adecuado en muchos lados, por las leyes promulgadas pero no “trabajadas” por los Estados, porque no basta con el material sino que es necesario el espacio de discusión, de entendimientos, de acuerdos, de promover soluciones a cada caso. Y sobre todo, para apoyar a los docentes que quieran aprender a enseñar e incluir en forma debida, sin caer en malestares que los anulen, para sus tareas habituales.

Algún día, me atrevo a soñar, los profesorados de todos los niveles tendrán en sus programas de estudio todo lo necesario para asumir la diversidad real de un aula, para ver la realidad de las capacidades diferentes, como algo común, y no como tantas veces como algo excepcional. Mientras tanto, despertar de a poco, cuidar a los alumnos y al docente mismo, es una tarea ardua, porque demasiados escapan a esa realidad.

Lic. Prof. Pedro Roberto Casanova

Director y Web Master Programa Piloto Despertar.

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